Permíteme que me presente, mi nombre es Joe, soy un chico soñador pero con cierto talento a lo que líricas y arte se refiere, y esque tengo un don... para meterme en problemas, éllo me facilita que luego escriba sobre ellos, dramatizandolos, mas que eso, dándoles un toque personal; al público le gusta escuchar buenas historias y yo se las doy. Tumbado me hayaba, en el viejo diván, meditando... una fría mañana de Febrero y no sabía exactamente qué hora era. Miré por la ventana y pude ver que hoy el paisaje era totalmente distinto, una ciudad de color gris, las personas caminaban por la calle como si fueran robots, de un lado para otro, vestían con colores oscuros y sus caras lucían todas un gesto de preocupación y pasotismo hacia el prójimo. Los vehículos soltaban humo gris que se difuminaba en el ambiente creando una capa grisácea en la atmosfera y generando un ruido insoportable. Pude ver como a un anciano se le caían al suelo unos papeles, formando un ajetreo por el viento, el pobre hombre parecía angustiado al ver que sus documentos se habían esparcido por la calle, nadie hizo el gesto de molestarse tan solo, a observar que había ocurrido, iban al margen de lo que sucedía entorno a ellos, como en su propio mundo apartado del resto. Me encaminé a la cocina a hacerme un buen café, enseguida el vapor hinundó la estancia creando un fuerte y cálido aroma.
Abrí la puerta de casa y cerré con llave, el ascensor volvía a estar estropeado, -Maldición- pensé, de todos modos vivía en un tercero, pero luego tendría que volver a subir, y esa imagen me daba pereza. Al abrir la entrada del zaguán de mi edificio, una hoja de papel mecida por el viento se quedó abrazada en mi tobillo, de pronto fijé mi vista y pude percatarme que el anciano de antes estaba buscando algo bajo de los vehículos que estaban aparcados junto a la acera. Esta mañana me sentía con energía, así que me arrimé al hombre cuyo rostro parecía descompuesto por el estres que llevaba encima
- ¿Está usted bien?-pregunté
El anciano hizo caso omiso a mi pregunta, seguía mirando por debajo de los coches.
- ¿Es esto suyo? - pregunté alzando al aire la hoja de papel.
Le presté atención mientras el anciano se incorporaba, la hoja estaba númerada y en élla había escrita una especie de historia
- Sí, es mía, dámela- Dijo el anciano entusiasmado, que puso a mirar rápidamente su hoja.
- Dios santo, gracias al cielo, por fín he encontrado toda mi obra- añadió entusiasmado
- Gracias, chico, toma, cinco monedas- dijo, mientras extendía en su mano calderilla y me la acercaba
- Eh, no gracias, no quiero su dinero buen hombre, vaya usted en paz- hice un gesto de despedida con la boina mientras marchaba en dirección opuesta.
Hoy tendría que ser un gran día, tenía esa sensación, aunque aparentemente la ciudad estaba triste. Pero por lo menos yo estaba feliz y ahora ese anciano al recuperar su obra también, ¿qué clase de obra sería? ¿un éxito mundial? ¿o simplemente locuras de un pobre viejo chiflado?. Hoy tenía que enseñarle a unos turistas el centro histórico de la ciudad, era pequeño pero con mucha historia, me ganaba un jornal como guía turístico, si la historia de un edificio era aburrida o simplemente no tenía yo me inventaba buenas historias en su favor, los turistas aplaudían y miraban asombrados dichos edificios por ser tan especiales, incluso se hacían fotos de recuerdo, al fin de al cabo yo les hacía felices.